Algunos dicen que no la quieren y se nota hasta odio en las palabras. Otros la califican de fea y gastan saliva comparándola con otras más seductoras, más amigables, más tranquilas. También están los que le juran amor, pero que no hacen nada por ella o que se comportan como si en realidad la despreciaran. Igual, todos la utilizan, todos la disfrutan, todos la sufren, todos la habitan. Sobre la ciudad hoy llueven tormentas de ingratitud.

Un ejemplo: los protagonistas de los basurales clandestinos. El carrero al que sólo le interesa la urgencia de subsistir día a día; la señora o el señor a los que apura el capricho de deshacerse de lo que desprecian o de lo que los avergüenza; los que encarnan conflictos sindicales cuya variable de ajuste es suspender o resentir la recolección de residuos. Todos ellos cargan con la culpa de que haya calles inmundas que le quitan la dignidad a otras personas. Digan lo que digan, sus actitudes los delatan: no les importan ni la ciudad ni sus vecinos.

Otro ejemplo: aquellos que toman medidas políticas incomprensibles. Porque aunque las explicaciones que se hayan dado sean claras, es difícil entender por qué se decidió abrir una calle a través de un parque ¿La Lucas Córdoba realmente se convertirá en una opción a la avenida Mitre? ¿El desvío que se hace actualmente genera tantas complicaciones? ¿Favorecerá el desarrollo comercial del ex Abasto? ¿Todo eso justifica el hecho de que se hayan sacrificado 11 árboles y cinco arbustos en el parque Avellaneda? De lo que no hay dudas es que la ecuación más cemento a cambio de menos espacios verdes no le conviene ni a la ciudad ni a quienes la habitan. Aunque la quieran, la odien o les sea indiferente.